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Aula 24-7

Helia Plasencia: impulsora de la libertad de enseñanza

En el 2015, el periodista Andrey Araya le realizó la que sería su última entrevista a Helia Plasencia de Betancourt, pionera de la educación privada en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo XX. Esta impulsora de la libertad de enseñanza falleció el pasado 23 de julio. La entrevista, inédita hasta ahora, fue rescatada por Digitus CR

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Foto: Cortesía.

Por Andrey Araya, exprofesor y egresado de la U San Judas

A inicios de 1963, un hombre bien parecido y ataviado con un traje impecable, atraído por un anuncio en el periódico, llegó con sus tres hijos a la escuelita que Helia Plasencia de Betancourt acababa de fundar en su casa, ubicada en aquel entonces en la calle 20, cerca de la esquina donde se construía lo que es hoy el Hospital Nacional de Niños.

“Yo soy Rodrigo Carazo”, le dijo el futuro presidente de la República a esa joven maestra cubana.

“No te digo que eran de los mejores alumnos, pero sí que eran muy cumplidos”, dice entre una sonrisa pícara, como solazándose por su irreverencia, la matriarca del Saint JudeSchool, una enorme institución educativa privada que empezó con unas pocas sillas, una mesita de madera y siete estudiantes.

Eran años efervescentes para la educación en Costa Rica. Recientemente se había aprobado un nuevo plan de estudios para la enseñanza media. Unos años antes, en 1957, se había creado el Consejo Superior de Educación (CSE), encargado de regir la educación pública. Y el mismo año en el que fundó su pequeña escuela, Betancourt participó en el surgimiento de la Asociación de Centros Educativos Privados (ACEP), como una forma de defender sus convicciones sobre la libertad de enseñanza.

A sus 91 años, Betancourt ha pasado las tempestades propias de las personas que deciden desbordarse, de los que deciden tomar el control de aquello a loque a los amantes del caos les parece incontrolable: su propia existencia. Aun así, su espíritu práctico, su instinto de mujer de acción, deja espacio para algún resquicio místico en su vida. “La mayor parte de la gente no cree en el destino, pero el destino existe; a veces Dios te jala de los pelos”, afirma con certeza meridiana.

Su vida ha sido turbulenta, llena de viajes, fundaciones, proyectos y saltos aventureros que han retado a ese destino en el que tanto cree.

–Una se lanza a ver qué diablos se encuentra.

Me lo dice estaapacible abuelita desde un ancho sillón colocado en el centro de su casa. Pero apacible es un adjetivo engañoso para ella. Me atiende amablemente, de forma solícita, con la soltura y verbo ágil que una vida de luchar, de negociar, de educar, de convencer a adultos y a niños le ha depositado en el bolso de la experiencia. Habla con la vehemencia, con la claridad y expresiones seguras y espontáneas tan propias de los cubanos, que los ticos solemos confundir con altanería.

“Un día estábamos en la mesa después del almuerzo y papá nos dijo: voy a aprovechar que los tengo hoy aquí para preguntarles qué piensa estudiar cada uno para hacer algo en la vida. Mi hermano mayor dijo, yo seré médico igual que tú, papá. Mi hermanita menor, que estaba más chiquita, no sabía. ¡Pues yo serémaestra de escuela!, dije. ¿Y qué piensas tú de ser maestra de escuela?, me preguntó mamá. Entonces comencé a decirle todo lo que haría con mis alumnos, todo lo que había planeado en la mente. Yo estaba muy empapada del asunto porque leía muchísimo. Cuando todos se metían en la cama a dormir, yo me metía en la cama a leer”.

Esa templanza de carácter la acompañaría cada instante de su vida. Se le nota inclusive ahora, cuando mira el tiempo a través de un retrovisor que ha dejado atrás muchos kilómetros, muchas leguas abandonadas desde su lejana Cuba, y muchas obras realizadas en el país que la adoptó.

No oculta sus logros, pero tampoco presume de ellos con arrogancia. Habla de lo vivido con el orgullo que nueve décadas le da el derecho de exhibir. Me muestra tres folios abultados con papeles, tarjetas de matrícula, cartas, fotografías. Muchos documentos tienen ese delicioso color ámbar y el olor a pulpa vieja que dan los años a los papeles atesorados durante medio siglo.

Esos papeles me hablan sobre sus años de estudio, su matrimonio con Alonso Betancourt (fallecido recientemente), sus tres hijos. Sobre esa inquietud vital de los que se empecinan en cambiar todo a su paso.

“Empecé a estudiar el magisterio en la llamada Escuela del Hogar, que se dedicaba únicamente a las necesidades familiares. Pero, ¡chico!, qué vas a hacer tú con aprender a cocinar o a fregar bien. Así que me propuse mejorarla. Nos juntamos un grupo de compañeras y comenzamos a meterle materias académicas”.

Helia, su esposo y sus dos hijos mayores: Alonso y Helia Gloria (Giselle, la menor, nacería en este país), llegaron a Costa Rica en 1961, en parte para buscar una mejor vida que la que le pudiera ofrecer el régimen de Fidel Castro, y en parte para huir de los problemasque su marido tuvo con la revolución, después de un juicio político llevado a lo increíble del absurdo, “como de película”, según sus propias palabras, que ocuparía varias páginas para contarse apropiadamente.

“Desde que puse los pies en Costa Rica dije, esta es mi patria, y ten la seguridad de que tú no eres más tico que yo”, me dice Betancourt, ya totalmente acomodada en esta conversación que fluye entre la calidez, el humor, y la lucha contra el olvido.

Llegó a tierras ticas ostentando el doctorado en pedagogía de la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, y un montón de ideas nuevas bajo el brazo. “Siempre me encantó la educación de Costa Rica. Aquí hay mucha calidad, tanto en los centros privados como en los públicos. Pero cuando llegué pensé que se debían hacer muchos cambios en la educación, muchas cosas nuevas. Dirás que es arrogancia, pero es que esa es mi manera de pensar.”

Sigue enseñándome sus folios, esos depositarios de la memoria, su personalísima caja del tiempo. Habla de su legado, de lo que ahora observa a través del retrovisor de su vida. Una y otra vez vuelve a su escuela y a sus hijos, que también crecieron en el seno de ese gran proyecto de enseñanza donde se le multiplicó la descendencia, en ese esfuerzo titánico por trascender y sumarle pasos al camino.

“Considero que mi escuela ha sido líder en los programas que desarrolló. Dejamos mucho a la educación, pero no lo dejo yo, lo deja mi institución, cada colaborador que dio un pedacito. En esta vida no haces nada sola”.

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