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Niños y jóvenes con dislexia sufren por atención deficiente en centros educativos

Padres aseguran que este trastorno se trata de forma distinta entre escuelas públicas y privadas mientras que expertos afirman que la falta de capacitación de los docentes es el problema

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Por Indira Zúñiga Soto para Digitus CR

La frase “la moneda tiene dos caras” bien se puede adaptar a la forma en que la dislexia se maneja en las aulas costarricenses.

Al menos así lo denuncian los padres de familia: el manejo de este trastorno en escuelas públicas es muy diferente al de las privadas, y todo pasa por el nivel de atención a los estudiantes que sufren este trastorno y la forma en que se aplican las readecuaciones.

En Costa Rica 10% de la población sufre de este padecimiento que dificulta el aprendizaje, pues afecta principalmente la lectoescritura, pero también puede ser acompañada por otros trastornos como la discalculia, dispraxia, trastornos emocionales y déficit atencional.

Daniela Villegas es una niña de 10 años. Su mamá, Wendy Calderón, cuenta que ingresó al kinder en una escuela pública y en los primeros seis meses las dificultades empezaron a ser más notorias: la niña iba muy atrás en relación con sus compañeros.

Mientras los demás identificaban colores y números, ella no. Esto le llamó la atención y cuando la madre habló con la maestra, le advirtió que si Daniela seguía así, tendría que repetir el año, por lo que decidió pasar a su hija a una escuela privada.

Desde el principio, ella y su esposo notaron el cambio, empezando por el apoyo que los maestros brindaban a Daniela.  

Brittani García es otra niña con dislexia, pero sus padres no tienen recursos para enviarla a una escuela privada. La inscribieron en una escuela pública, pero la tuvieron que cambiar, ya que la profesora la maltrataba y le decía que ya no podía seguir con una niña así.

Shafannie Sánchez también es estudiante de último año en una escuela pública y sus condiciones son muy similares: la ayuda que recibe es mínima a pesar de su trastorno.

“Los apoyos educativos, también conocidos como adecuaciones, son muy importantes porque un chico evaluado con un trastorno de escritura jamás va tener el nivel de ortografía que tiene un niño que no esté con un diagnóstico de ese tipo”, explicó la psicopedagoga Rebeca Villalobos. 

Así funcionan las adecuaciones

Regularmente, la adecuación que necesita un niño con dislexia es la no significativa. Es una adecuación en la que se adapta la materia a las dificultades del niño y le permite ver los mismos contenidos que sus compañeros.

Sin embargo, la mayoría de veces, en las escuelas públicas esta adecuación se convierte solo en darle a los estudiantes “más tiempo” para resolver las tareas o exámenes.

Este es el caso de Shafannie: una vez que se le presentó su diagnóstico, la escuela acató a ofrecerle adecuación no significativa, o sea, tiene más tiempo para resolver las pruebas y solo realiza una al día.

Pero la opción de más tiempo se queda corta para una persona con dislexia, pues necesita que la materia sea adaptada a sus necesidades de una manera que la puedan comprender, afirman los especialistas.

Las escuelas privadas, por su parte, se acomodan a la necesidad de los niños. A Daniela, por ejemplo, su profesora le da el material con la temática que verán cada día, mientras que sus compañeros tienen sus propios libros.

También le brinda materia que le facilita su aprendizaje como hojas especiales con las letras o los números, además de una regla que guía su lectura.

La Asociación de Dislexia y Familia (DISFAM) creó una lista de adecuaciones que son necesarias para las personas con dislexia en las aulas. Una es evitar la lectura en voz alta, ya que esto genera nervios y puede afectar al estudiante. También recomienda realizar actividades de forma oral, así como dar las instrucciones de esa forma.

Otra sugerencia es el uso de la tecnología como los lectores, correctores ortográficos, traductores y audiolibros.

En la escuela de Daniela, por ejemplo, le comparten videos y para ella es más fácil comprender la materia, mientras que en las escuelas públicas el uso de la tecnología empezó hasta hace poco y motivado por la llegada de la pandemia del Covid-19.

Otro elemento importante que menciona DISFAM es que a la hora de evaluar trabajos o exámenes, los profesores no deben de sancionar o bajar puntos a los estudiantes por faltas ortográficas, ya que los errores ocurren de manera inconsciente.

Asimismo, aconseja no hacer una corrección sistemática de las faltas ortográficas ni hacerlas de color rojo, ya que esto denota error y puede afectar a los niños.

De la misma manera, es necesario realizar talleres de normalización, así todos los estudiantes entenderán por qué al estudiante de la par se le aplican estas adecuaciones.

En el caso de Daniela, todos sus compañeros saben qué es la dislexia y comprenden por qué ella recibe la materia de forma distinta y le hacen las evaluaciones de forma oral.

En la escuela pública a la que asiste Brittani no se les enseña a los estudiantes sobre este trastorno y ella sufre de bullying.

Sus padres consideran necesario que en estos centros educativos apliquen las adecuaciones, ya que muchas personas no tienen los recursos económicos para asistir a un centro privado.

Es un problema de base

La gran pregunta es por qué los centros educativos públicos no aplican las adecuaciones y para los especialistas tiene que ver con un problema de base.

En la carrera de educación no existen cursos donde se vean estos temas o solo se explica el concepto sin profundizar en el tema. Es decir, los profesores no están preparados para tener estudiantes con este tipo de trastorno.

Los únicos que están listos para recibir casos de dislexia son los psicopedagogos o psicólogos, y muchas veces deben de llevar cursos en el exterior para ampliar su conocimiento.

“Cuando vas al colegio, la maestra no ha sido formada en ese tema. Ella tampoco sabe lo que es dislexia”, explicó el presidente de DISFAM, Iñaki Muñoz.

Además, dijo que lo que se debe hacer es que en la carrera de educación se incluya una materia de dificultades específicas de aprendizaje y así los profesores lograrían detectar rasgos de dislexia.

Villalobos considera que lo que hay es falta de capacitación de los profesores. “Cuando tengo que evaluar a niños más grandes, con solo que lean o escriban, ya brincan muchos errores y uno se pregunta cómo la maestra no se dio cuenta, y es que no están capacitados”, aseguró.

Las mamás de Britanni y de Shafannie opinan lo mismo: los profesores no están capacitados y creen que no hay interés o apoyo del Ministerio de Educación para cambiar la situación. 

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