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Zona Crónica

Crónica: Pedazos del alma

¿Cómo sobrelleva una madre la pérdida de sus hijos durante el periodo de gestación?

«Una como madre tiende a ponerse las manos en el estómago como símbolo de protección. Ahora mi útero está vacío y yo sigo poniendo mis manos como protección de algo que ya no está»

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Sofía Bonilla para Digitus CR

Toda mi vida me han hablado de lo hermoso que es la maternidad, de formar una familia, de tener hijos.

Desde que tengo memoria, siempre he querido esa vida perfecta en donde obtengo mi título, conozco a esa persona especial, nos casamos, quedo embarazada y formamos una familia, pero supongo que nunca pregunté sobre los momentos difíciles y que el hecho de formar esa familia no siempre es un camino de rosas.

Hoy, más que nunca, siento el peso y la carga que tuve que pasar para formar mi familia, la cual amo con todo mi ser. Pero nadie te advierte de los traumas físicos o psicológicos que pueden significar.

En mi caso, todo comenzó cuando mi esposo y yo decidimos que queríamos tener una familia grande y numerosa. A los tres meses de casarnos me llevé la sorpresa de que estaba embarazada.

Todo fue casi de película, y ahora veo lo grande que está Ricardo y lo feliz que es, y me invade una emoción por dentro, porque es una parte de mí.

Todo estaba yendo acorde a mi plan de vida, pero, mientras que todo el mundo recalca lo maravilloso que es tener un hijo o una hija, nadie habla de lo duro que es no tenerlo.

Los abortos espontáneos o pérdidas gestacionales son un tema tabú, no sólo en Costa Rica, sino en todo el mundo. A fin de cuentas, a nadie le gusta compartir los malos momentos.

Mi primer embarazo no pudo haber sido más perfecto y fácil. Quedé embarazada muy rápido; fue un embarazo sencillo, una recuperación rápida a pesar de ser madre primeriza, lo que me dio tranquilidad y seguridad para el futuro.

Pero mientras que este fue realmente una maravilla, mi segundo embarazo, por el contrario, no pudo haber sido peor…

Segundo embarazo

Cuando Ricardo tenía 2 años, volví a quedar embarazada. Al principio todos estábamos súper ilusionados, ninguno sabía que era, pero mi intuición me decía que era una niña y la iba a llamar Verónica.

Con tres meses de embarazo, empecé a sentir un fuerte dolor de cintura. Todos me dijeron que era normal. “Tranquila, Vivian, son las caderas que se están abriendo, ya pasará”, o por lo menos eso decían.

El dolor siguió aumentando y sentí como algo no esta bien. Preocupada, nos dirigimos al doctor sólo para confirmarme lo que mi corazón no quería escuchar jamás.

“Mira, Vivian, Dios ocupa ángeles en el cielo y a ti te correspondió ayudarle con uno”. Irónico ¿No? Una frase tan linda, casi poética, para darme la peor noticia de mi vida.

Siento como mi corazón se hunde, como si lo hubieran arrancado del pecho, y siento mis lágrimas bajar por mis mejillas cada vez más rápido. Puedo escuchar al doctor de fondo explicando los términos médicos: que el saco está vacío, que deben de hacerme un legrado…

Pero lo único que puedo pensar es que es mi culpa que Verónica no esté más con nosotros; que quizás si hubiese hecho algo diferente, si hubiera tenido más cuidado, si hubiese acudido antes al médico, y miles de “y si” más. Pero en ese instante no había nada que consolara esa situación.

Pixabay

La Organización Mundial de la Salud define la pérdida gestacional temprana como la pérdida de una gestación antes de las 22 semanas, contando desde el primer día de la última menstruación. Yo tenía tres meses, 12 semanas cuando perdí a Verónica.

Llegué al Hospital San Juan de Dios para que me realizaran el legrado. Ese lunes, y como si mi vida se hubiera convertido en el título de la saga de libros “Una serie de eventos desafortunados”, el ala de maternidad estaba lleno y tuvieron que internarme en otro salón.

Empecé a sangrar y sangrar, al punto de que hasta los camilleros se asustaban de verme. “Diay señora, pero que es este montón de sangre; la voy a tener que bañar de nuevo”.

Para mi desgracia, esas duchas eran a la vista de todo el mundo. Sin embargo, lo peor no fue perder a Verónica o que me bañaran al frente de todo el mundo; lo peor fueron los comentarios de todas las personas desde ese punto de mi vida en adelante.

“Ay, pero usted ya tiene un hijo, ¿Por qué llora?”.

Asombra la hipocresía y la falta de empatía de la gente. Si su equipo de fútbol pierde un partido, se convierte en una tragedia, aún cuando hayan ganado otros partidos o no sea más que un amistoso, pero ¿acaso las personas no entienden que un hijo es único e irremplazable?

¿No entienden el trauma físico, psicológico y hormonal al que estoy pasando en este momento?

Dolor inexplicable

Puede que no sea mi primer hijo, pero sigue siendo la pérdida de alguien que quería con todo mi corazón. La Revista Médica de Costa Rica y Centroamérica explica que entre el 50-70% de los embarazos sufren de un aborto espontáneo durante el primer trimestre; ahora formo parte de esa estadística.

En ese momento, la compañía Mennen dejaba una canasta con sus productos a todas las madres del hospital. Cuando regresé del legrado, ahí encontré, en mi mesita, mi canasta con productos…

Si tan solo supieran que no había ningún bebé para usar sus talcos, aceites o cremas. ¿No podían los empleados del hospital avisar y evitar este tipo de situaciones?

Siento que mi corazón lo pisó una estampida de elefantes y esto no lo hace mejor. Regreso a casa con mi esposo. En el carro donde antes íbamos tres, ahora somos solo dos y una canasta de productos para un bebé que ya no está. ¿Cómo le explicaré esto a Ricardo?

Los días pasan, pero el dolor no se va. Siento como si hubiera dado a luz, con calambres en mis pechos, con un sangrado, pero sin bebé…

Una como madre tiende a ponerse las manos en el estómago como símbolo de protección. Ahora mi útero está vacío y yo sigo poniendo mis manos como protección de algo que ya no está.

También mi mente seguía recordándome los alimentos o productos que no puedo ingerir porque debo cuidarme y la realidad me golpea de nuevo, una y otra vez al recordarme el hecho de que mi hija ya no está y no tengo razón para mantener esos cuidados.

La Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia explicó que, a nivel mundial, después de un aborto espontáne, entre el 30-50% de las mujeres experimentan ansiedad y entre el 10-15% experimenta depresión, que generalmente dura hasta cuatro meses.

Pixabay

Después de eso, quedar embarazada fue un martirio y una tarea casi que imposible.

Cuando sentía que había superado la pérdida, me encontraba otra vez sentada en el inodoro llorando porque me había venido la menstruación y así el universo me recalcaba la hija que perdí y que posiblemente Ricardo sería mi único hijo.

Una nueva oportunidad

El tiempo pasa y afortunadamente vuelvo a quedar embarazada dos veces más, y estas veces si llegué a término. Nacieron mi hija Mariela y mi otro hijo, Andrés. Sin embargo, el miedo nunca me abandonó…

Un estudio de la revista Reasearch in Nursing and Health encontró que las mujeres que habían experimentado un aborto espontáneo, incluso cuando también tenían un hijo vivo, experimentaron más ansiedad y angustia específica en los embarazos posteriores que las mujeres sin antecedentes.

El miedo de perderlos cada día se hacía más grande, ya no eran los primeros meses ni el segundo trimestre; fue todo el embarazo, incluido el parto.

El miedo y el estrés de solo pensar en el dolor que supondría también perder mis hijos, estas partes de mi, me acompañaron durante todo el proceso. Por un lado, mi mente no ayuda y por el otro mi cuerpo tampoco.

Con cada embarazo volví a tener el mismo dolor de cintura. De repente ir al baño no era una necesidad y lo evitaba a toda costa por el miedo constante de ver otra vez sangre y que me confirmara otra pérdida.  

“Esto no esta bien”, me digo constantemente, pero desde Verónica no escapa de mi mente este sentimiento.

Después de haber dado a luz a dos hijos sanos, pasado un tiempo, me encuentro nuevamente embarazada, después de muchos intentos y problemas. Mis hijos ya están grandes e ilusionados por su nuevo hermanito.

María José

A punto de cumplir cuatro meses vuelvo a sentir molestias, y como si el mundo dejara de girar, me encuentro otra vez en la misma situación. Estoy sentada en la consulta del doctor, donde vuelve a repetirme, “otro angelito que va al cielo”, siendo esta vez su nombre María José.

Cuando las mujeres presentan dos o más pérdidas gestacionales tempranas se clasifican como pérdidas fetales recurrentes, lo cual nuevamente me encasilla en otra categoría, en otra estadística, con una nueva etiqueta con la que jamás pensé que tendría que cargar siempre.

Me encuentro, otra vez, lidiando física, emocional y hormonalmente la pérdida de mi hija. Nuevamente tengo que poner la cara en alto y cargar con este peso en mi corazón. El apoyo de mi esposo, mi madre y mis hijos es fundamental, pero más allá que eso, la ayuda es nula.

La atención en mi primera pérdida fue en el sector público, mientras que la segunda fue en el privado. En ninguno de los sectores me ofrecieron algún tipo de ayuda psicológica para sobrellevar todo lo que sucedía en mi mente y el estrés postraumático.

¿Será algún error mío? ¿Debería haber buscado ayuda? ¿Acaso el bienestar mental no es también salud?

Las estadísticas de la Caja Costarricense de Seguro Social indican que en el 2017 ocurrieron 7179 pérdidas gestacionales tempranas y como yo, estas mujeres no recibieron ningún tipo de atención integral psicosocial.

Dos años transcurren y de alguna forma la prueba de embarazo, una vez más, vuelve a ser positiva, pero ahora todo es distinto. Tengo tres hijos grandes, he perdido a dos bebés y tengo 40 años.

A mi edad el porcentaje de sufrir una pérdida gestacional temprana es de 40% según la revista médica UptoDate.

El miedo de perder este bebé no escapa de mi mente ni por un segundo y por mi edad más bien se multiplica, y aunque la pérdida la experimente yo, también lo sufrimos en familia. Por esa razón, mi esposo y yo decidimos no mencionar nada a nuestros hijos hasta estar seguros, pero como el miedo nunca se va, ¿cuándo sería eso?

Terminado el tercer trimestre decidimos contarles a Ricardo, Mariela y Andrés de su nuevo hermanito o hermanita. Pero como si la realidad no fuera lo suficientemente cruel, vuelve a mi cuerpo ese dolor de cintura intenso, esta vez acompañado por un sangrado.

“Esto no puede estar pasando, no de nuevo” pienso en mis adentros camino al hospital resignada a escuchar cómo nuevamente estoy enviando a otro ángel al cielo.

En consulta, esperando la peor frase de mi vida y la que aún me atormenta después de tantos años, el doctor me sorprende diciéndome que aún tengo a un bebé en mi útero y que el sangrado se debe a que tengo placenta previa.

Por ende, debo guardar reposo absoluto por tres meses. Mi corazón no puede con la alegría. ¡No perdí al bebé!

Durante los primeros 15 días de guardar extremo reposo, el miedo y el estrés nunca salen de mi mente. ¿Y si me muevo un poco y ya lo pierdo? No se si podría afrontar otra pérdida.

Mi cama se convirtió en mi único aliado, convirtiéndose mi rutina en ir de la cama al baño y del baño a la cama. Luego de tres semanas, el sangrado se detuvo y el doctor me dice que todo sigue en orden y que no es necesario seguir guardando reposo.

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¿Será el universo finalmente dándome un poco de suerte? Los meses pasan y toda mi familia le da la bienvenida a Juan Pablo, mi sexto y último hijo.

Han pasado más de 20 años desde mi primer aborto y es una experiencia que no se la deseo a nadie.

Mi único consuelo para las futuras madres costarricenses que deban pasar por esto es que el 2019 se aprobó la Norma Nacional para la Atención de Mujeres con Pérdidas Gestacionales Tempranas, en donde se afirma una atención humanizada, oportuna, integral y profesional tanto física como psicológica y para los servicios de planificación familiar hospitalarios.

Talvez esas madres no se sientan solas afrontando lo que puede ser la peor experiencia de sus vidas. Sin embargo, mi historial médico siempre irá acompañado por las letras y números, G6, P4, A2; recordando que estuve seis veces embarazadas y que tengo a dos ángeles en el cielo.

Perder un hijo es algo que no se lo deseo a nadie, y aunque lo haya tenido que superar sola, sigue siendo un evento que me marcó para siempre.

Después de 20 años se podría decir que es un tema superado, porque la vida continúa y mi fe me reafirma que Verónica y María José me esperan en el cielo.

Sin embargo, no puedo evitar pensar de vez en cuando cómo serían sus vidas ahora, que hubiéramos sido una gran familia y que este año hubieran celebrado sus 21 y 16 años.

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