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Zona Crónica

Crónica: Cuando el vals es un pozo sin salida

Los días que no tenía clases de baile me metía en un gimnasio a ver si podía eliminar mi trasero a como fuera, porque como dice la directora, “las bailarinas no tienen cola”

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Sofía Bonilla para Digitus CR

Sentada en el camerino me pongo mi vestuario y me recojo el pelo en el típico moño con 50.000 prensas y una tonelada de gel y laca.

El techo retumba con cada paso de los bailarines que están en escena. En mi mente vuelvo a repetir toda la coreografía, las cuentas, las poses, los espacios y los brazos.

De fondo suena la batalla contra los ratones del famoso ballet de navidad, “El Cascanueces”. Doy un último vistazo al espejo e intento no pensar en esas palabras que me marcaron, pero inevitablemente regresan una y otra vez a mi mente: “las bailarinas no tienen cola; si estuvieras más delgada bailarías mejor”.

En el espejo respiro profundo y me dirijo al escenario; ya casi empieza el Vals de las Nieves… mi mayor tortura.

¿Cómo llegué a este punto? Pues la verdad no lo sé; me encuentro ahora tras bambalinas e intento recordar por qué me enamoré de este arte que en los últimos años lo único que ha hecho es destrozarme por dentro.

Mi nombre es María Mora (el nombre de la protagonista de esta crónica fue cambiado para proteger su identidad) y empecé a bailar cuando tenía 9 años.

En Rivas de Pérez Zeledón no hay muchas, por no decir ninguna, escuelas de danza o de ballet, pero una profesora de San Antonio vio potencial en mí y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba viajando todos los días hacia Pueblo Nuevo para que la profesora Hazel pudiera enseñarme a bailar.

Ella me enseñó las posiciones de los pies, de los brazos, la correcta postura para bailar y la terminología de cada paso, pues el ballet nace en el Renacimiento y obtiene su mayor auge en Francia, por ende, toda la terminología es en francés.

Saltar a escena

Las luces se disminuyen, la escenografía se cambia y ahora se encuentran solamente el príncipe y Clara haciendo su dúo.

En otras ocasiones, ese baile me relaja porque es mágico y hace que recuerde el porqué me gusta bailar, pero en este momento es el último número antes de que tenga que salir a escena y solo puedo pensar en las cuentas, los brazos, y en meter la panza lo más que pueda para verme como mis compañeras… ya sabes, larga y delgada.

A mis 14 años, el esfuerzo por ir a bailar no se comparaba con el esfuerzo económico que realizaban mis padres para poder pagar mis puntas, mis mallas, mis leotardos y la mensualidad de la academia.

Pixabay

Pero entonces, como un ángel caído del cielo, apareció Sylvia María, quien era amiga de mi profesora Hazel y se ofreció a pagar la mensualidad de las clases de ballet con la condición de que no podía faltar nunca, promesa que mantuve hasta los 17 años, cuando tuve que mudarme a San José para estudiar en la Universidad de Costa Rica.

Desde el 2008, la Escuela de Ballet Clásico Ruso, de manera independiente y reuniendo a 40 escuelas de ballet alrededor de 45 regiones del país, puso en escena el clásico ballet navideño “El Cascanueces” a disposición del entretenimiento de los costarricenses.

Estando en San José, audicioné para la puesta en escena y fui una de las seleccionadas. Mi corazón no podía más de la alegría: iba a participar en una producción de ballet que se presenta a nivel nacional. Sin embargo, lo que parecía como un logro después de tantos años de esfuerzo y sacrificio pronto se convirtió en mi peor pesadilla.

Correcciones

En el mundo del ballet, las personas que reciben correcciones es porque son buenas. Los profesores no gastan tiempo con alguien que no “vale la pena”, por lo que una corrección en realidad es un halago.

Al finalizar uno de los ensayos la directora me dijo que quería hablar conmigo, cosa que me llamó la atención, pero no llegó a parecerme extraña. Me dijo que había estado brillante, que hoy había bailado mejor que nunca, y esas palabras me hicieron muy feliz.

Pero como te enseña la vida, en la mayoría de ocasiones,después de un cumplido viene el “pero”, y en esta ocasión no iba a ser distinto.

Lo que dijo a continuación hizo añicos lo que era mi realidad en aquel entonces, y es que las palabras “pero si estuvieras más delgada bailarías mejor” fueron el detonante de lo que a día de hoy es una de las peores etapas de mi vida.

Desde que tengo 9 años nunca me habían dicho nada al respecto. Veía a las bailarinas profesionales en Internet, observaba cómo interpretaban al personaje, cómo hacían los movimientos, cómo hacían las expresiones, pero nunca me detuve a pensar que ninguna de ellas tenía piernas gruesas o un gran trasero o pechos, caderas anchas o una baja estatura.

Desde ese momento, los espejos ya no eran mis aliados en clases; en vez de mirar mi postura, veía cómo mi trasero resaltaba en el vestuario, cómo era más baja que las demás compañeras, cómo mi busto rebotaba cada vez que saltaba y cómo por menos que comiera, los números en la balanza no parecían bajar.

Hace dos meses, ensayando el Vals de las Nieves, me tropecé y me caí. Mientras que todos se preguntaban si estaba bien, mi mente sólo recalcaba el hecho de que esa caída fue provocada por mi peso. Afin de cuentas, el peso hace que sea más difícil realizar los saltos.

«Por esa razón debo de comer menos, y no era solo una idea, era un hecho, era una promesa…»

Contar calorías se convirtió mi ritual. Mi rutina se volvió desayunar, ir al colegio, almorzar una hoja de lechuga, ir a ballet, estudiar, hacer tareas y dormir sin cenar para volver a hacer lo mismo el día siguiente.

Los días que no tenía clases de baile me metía en un gimnasio a ver si podía eliminar mi trasero a como fuera, porque como dice la directora, “las bailarinas no tienen cola”.

Dilema

En el escenario, siento el calor de las luces, puedo ver a las personas en la primera fila, pero no puedo distraerme ni disfrutarlo; tengo que hacerlo perfecto.

“Recuerda la postura del brazo y de la pierna, de esa forma no se ven tan gordos. Ya casi viene la parte en la que te caíste; piensa bien los pasos; no olvides la expresión de la cara, sonríe, ya casi termina; aguanta la postura final; espera a que el telón se cierre; se cerró; respira; intenta no desmayarte”

Una de cada cinco bailarinas posee algún trastorno alimenticio y en un abrir y cerrar de ojos yo me había convertido en esa cifra, en esa bailarina, en esa problemática.

Caí en un pozo en el que no podía salir. Amo el ballet con todo mi ser, pero el mundo de la danza me ha dejado claro que ese amor no es recíproco. ¿Es porque no encajo con su cuerpo ideal?

Salgo del escenario, y me siento débil, pero la función aún no acaba. Falta el segundo acto y con ella, el Vals de las Flores. El único que en estos momentos me reafirma que todo lo que hago vale la pena.

¿Pero realmente vale la pena poner en riesgo mi salud por unos tres minutos en escena como cuerpo de baile, ni siquiera como principal o solista?

El mundo evoluciona y ahora vemos bailarinas profesionales más musculosas como Misty Copeland o con más pechos como Ashlyn Mae, que recalcan que la comida es una fuente de energía y no una condena.

Ashlyn Mae

Sin embargo, por más que ame el ballet soy consciente que jamás podría ser una bailarina profesional, porque no encajo.

Tengo algo que los profesores les llama la atención porque siempre me dicen cosas lindas y me dan correcciones, pero sé que ese algo nunca será suficiente.

Han pasado dos años, desde que mi relación con el baile se vio afectada.

Han pasado dos años desde que lidio con un desorden alimenticio y puedo asegurar que no es una batalla fácil. No es como que en un día entré en la realización del daño que le estaba haciendo a mi cuerpo, no es como que de la noche a la mañana afirme “ya no tengo anorexia”.

Han pasado dos años y aún me encuentro aquí, bailando, pero bajo mis propios términos porque ya no bailo para los demás o para encajar con un canon de belleza destructivo. Bailo por y para mí.

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