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Zona Crónica

Crónica: El ingrato jardín en el que florece el recuerdo de Luany

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Por Julián Ramírez G. para Digitus CR

Las heridas permanecen abiertas y son profundas; no fue una muerte cualquiera, fue grotesca. El cuerpo de Luany Valeria Salazar fue encontrado en la casa de su vecino tras estar seis días enterrado en ese lugar.

Ante tanto dolor, cuesta entender de dónde saca las fuerzas Patricia Zamora para hablar en profundidad de la muerte de su hija. Con valor dice que es importante que la sociedad costarricense aprenda de todo esto.

Esta madre conversó con Digitus CR una mañana fría en su casa, ubicada en lo más alto de Linda Vista de Río Azul, justo en la frontera entre San José y Cartago.

Su vivienda está ubicada en una de las tantas alamedas de la zona. Vive con su esposo y al lado habita su hijo, José Luis Zamora. Para entrar a su hogar es inevitable pasar por el patio donde encontraron – por sus propios medios – el cuerpo de su “Vale”. No hay forma de esquivar ese lugar.

Ha pasado poco más de un año del asesinato de esta joven que tenía 23 años y muchos planes a futuro. Entre lágrimas, su madre la recuerda como la “chispa” que había en la casa, la luz que los iluminaba.

“Era enemiga de las injusticias; quería ser abogada para defender a la gente”, dice con orgullo. Tenía un gran carisma y ese rasgo de personalidad –según cree su progenitora– la llevó a perder la vida.

Viejo conocido

El vecino de toda la vida había retornado al barrio. Pasó varios años alejado de Linda Vista. Regresó a la casa que lo vio crecer. Estaba cambiado y difícilmente era reconocido por sus antiguos vecinos.

“Yo veía a una persona deambulando en las esquinas que me parecía un ignoto. Una vez vi a mi hija hablando con él y le pregunté quien era. Kenneth Mejía, me respondió. Yo me impresioné porque lo conocía desde niño y lo vi bastante deteriorado”, rememora la señora.

En ese momento, el instinto maternal saltó y por eso le dijo: “tenga cuidado con él”.

“Todos en el barrio lo aislaban; la gente no lo quería porque no lograba adaptarse a la comunidad. A mi hija le daba lástima y le prestaba atención”.

En los recuerdos de José Luis Zamora permanece la imagen de su hermana; no hay día en que no deje de pensar en ella. Su mirada se pierde y se le marca una pequeña sonrisa; “tenía una alegría contagiosa”.

Aquel infausto día

El día de la desaparición, al ver que el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) no les brindaba una atención rápida, Zamora, junto con su madre y algunos familiares, crearon un grupo de búsqueda con el fin de localizarla.

Imprimieron carteles, distribuyeron información, y acudieron a los medios con el fin de generar presión a las autoridades.

La comunidad se unió para dar con su paradero. Le tenían un gran cariño en el barrio; esto quedó reflejado en las incontables muestras de apoyo a la familia.

Mejía se unió al grupo de “rescate”. Se le veía activo.

“Hacía, según él, que la buscaba. Me aseguraba que la había visto en varios puntos antes de desaparecer, pero había algo en mi que me decía que él le había hecho daño”, recuerda la madre.

Los días pasaban, la incertidumbre crecía y no había indicios de la joven. Al tercer día, La madre sacó fuerzas y encaró a Mejía: “Dígame, por favor, dónde está mi hija; nosotros no vamos a hacer nada. Yo solo quiero a mi hija de regreso”.

Mirándola a los ojos, el vecino le dijo: “señora, yo no le hice nada; yo estoy buscándola”.

Esa fue la última vez que vio a Kenneth. Luego dejaría el barrio… otra vez.

Sospechas

Las sospechas aumentaban y todos señalaban la casa donde vivía el sospechoso. La orden judicial para que las autoridades allanaran la vivienda no llegaba. Desesperados, José Luis, su esposa y una tía presionaron al dueño – un tío de Mejía- para que los dejara ingresar.

“La casa estaba reluciente; todo estaba acomodado en perfecto orden. Recorrimos todos los rincones y lo único que nos quedaba por revisar era el patio. El jardín parecía como si recién hubieran sembrado plantas,; estaban puestas en perfecto orden”, detalló Zamora.

Al hacer un recorrido visual, le llamó la atención una jardinera con un pequeño montículo. Su instinto lo condujo a removerlo. El horror se esparció por toda la alameda.

Los gritos de dolor traspasaron los muros de las viviendas aledañas; la desesperanza los embargó. José Luis quería sacarla de ahí y llevar a su hermanita a casa. Su esposa con cabeza fría controló la escena del crimen.

“Cuando se trae a la mente esa imagen que no lo deja dormir a uno desde hace un año…” hace una pausa mientras se cubre su rostro con las manos y contiene dos lágrimas que alcanzan a aguarle los ojos, “son momentos que van a quedar para toda la vida en mi memoria”, finaliza.

El sospechoso fue capturado el 17 de junio de 2020. Un año después, fue condenado a 19 años de prisión por la muerte de Luany Valeria Salazar Zamora. Las pruebas fueron contundentes.

Doña Patricia no tiene pensado dejar el barrio a pesar de la insistencia de familiares y amigos. Cada vez que pasa por el lugar, se asoma por un pequeño agujero que da directo al jardín.

“Yo siempre me asomo porque ahí quedó algo de mi hija”.

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