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Comunicación para tender puentes: desde la Universidad San Judas Tadeo hacía la Casa de Socorro

A través del Trabajo Comunitario Universitario (TCU) de su alumnado, la institución académica continúa su apoyo y los lazos de cercanía con la casa ubicada en Pavas.

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Por Tomás Fonseca Thorner

Es jueves por la mañana en Rincón de Pavas. El sol, radiante, impregna con su calor todavía tolerable las calles y la leve ventisca sabe acomodarse en un papel secundario, pero no por eso menos agradable.

Hay un gran movimiento en la zona. El tránsito es espeso y las calles con huecos, parches y poca señalización no ayudan para nada a la fluidez vehicular. Resaltan los buses amarillos entre los que se cuelan carros y motos, muchas motos. Los transeúntes van y vienen, vienen y van. Algunos al trabajo, esquivando unos pequeños que patean una bola, otros a esperar el bus, donde la fila ya es larga, más allá uno se lanza en una carrera por subirse a un taxi pirata cuyo chofer grita que solo le queda un campo rumbo a San José y alguno que otro camina con parsimonia a comprar el pan para acompañar el primer café del día.

En pocas cuadras se evidencia lo mencionado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) en 2012, cuya proyección era que para el actual 2021, Pavas tendría una población aproximada de 88 mil personas. Y este dato, según la Dirección de Planificación y Evaluación de la Municipalidad de San José (2013), ubica al distrito como el más grande del cantón josefino y “el que cuenta con la mayor concentración de población”.

Allí está, con su rotulo frontal en letras amarrillas llamativas, la Casa de Socorro el Buen Samaritano. Un espacio que ofrece servicios de ayuda a personas de escasos recursos y que brinda atención primaria y tratamiento ambulatorio para adictos y sus familias y que además funciona, según lo indica su Facebook Oficial, como “comedor para niños en extrema pobreza en la comunidad de Lomas del Río y alrededores.”

La Universidad San Judas Tadeo, de la cual soy alumno, habitualmente ayuda y da soporte a la Casa de Socorro. Y en esta ocasión, con un fuerte impulso de la Facultad de Comunicación y Periodismo, en un proyecto coordinado y asesorado por el comité de extensión de la Facultad, mi labor va en la misma dirección: la de seguir apoyándola y poniendo mi conocimiento como estudiante a su servicio, desde una perspectiva con conciencia y responsabilidad social con la marca identitaria que impregna la facultad.

Ilusionado, toco el timbre de la organización sin fines de lucro ubicada a 150 metros oeste de la Escuela de Lomas del Río. Desde octubre que le vengo dando vueltas en mi cabeza la manera de serle de utilidad a esta institución a través de mí Trabajo Comunitario Universitario (TCU).

Durante 45 días trabajé en la generación de estrategias comunicacionales que sean capaces de tender puentes entre aquellas personas dispuestas a ayudar y niños y niñas de un territorio socioeconómico complejo. De generar nexos entre realidades disimiles, entre los que pueden y quieren ayudar y los que son ayudados, a través de la comunicación. Y toda la labor, hoy se va a terminar de concretizar al darle una mano (y alimentos) al comedor de niños y niñas de la Casa.

En Pavas se ubica uno los dos asentamientos informales más grandes del cantón de San José: Rincón Grande (el otro es La Carpio). Y en el cantón San José existen 59 asentamientos humanos informales, que según la Dirección de Desarrollo Urbano de la Municipalidad de San José (2020), Pavas posee 17 de los 59 Asentamientos Informales del cantón josefino y un 31.3% de la totalidad de la población alojada en ellos se encuentran en Rincón Grande de Pavas. Es en este entorno que se emplaza la Casa; en este contexto se recibe, atiende y se le da de comer a los infantes.

Me abre la puerta enrejada el señor Álvaro Camacho Orozco, referente barrial, encargado y piedra angular en el funcionamiento diario del lugar. Llegó el día y el momento de entregarle a él, en cierta forma el representante de toda la comunidad aledaña, los alimentos que logré conseguir gracias a la encomiable solidaridad, empatía y ayuda que me dieron para ayudar muchas personas aportando su granito (kilos) de arena (comida).

La cantidad que conseguí, y en realidad estoy siendo injusto en decirlo en singular, así que nobleza obligar pluralizarlo, la cantidad que conseguimos, fue importante, verdaderamente cuantiosa.

Actualmente la Casa de Socorro posee un acuerdo con el Banco de Alimentos de Costa Rica, organización sin fines que recibe donaciones de empresas privadas para poder proporcionar alimentos y productos de primera necesidad para personas que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad y pobreza.

Derivado de este convenio es que la entidad comandada por Camacho Orozco tiene precios especiales a la hora de adquirir mercadería; valores que distan mucho de lo que se puede encontrar en los anaqueles de supermercados de venta al público tradicional y que permiten aprovechar mejor los montos económicos disponibles. Y esta situación en pos de ampliar la capacidad de acción en la ayuda, la aproveché sin dudarlo.


Acomodando la mercadería en la bodega de la Casa de Socorro. (Crédito: Tomás Fonseca)

Empezamos a descargar la mercadería y a acomodarla en las bodegas. Al trabajo se nos suman algunos ayudantes del lugar y un vecino que espera la atención médica que le brindan en la Casa. Las bolsas verdes reciclables están llenas con arroz, frijoles (no puede faltar en ninguna dieta costarricense), lentejas, aceite, harina, azúcar, sal, café y más arroz, entre otras cosas, y empiezan a encontrar su lugar en los estantes.

Álvaro me comenta que ya están en plena organización de llevarle a sus casas bolsones de alimentos y comida preparada a las diferentes familias con niños y niñas, ya que por cuestiones de pandemia prefiere “hacer el comedor de forma ambulatoria y evitar la pelota de gente.”

Terminamos de bajar y de ordenar todo. Se firman los documentos formales y burocráticos que requiere el Servicio Social Comunitario (SSC), pero eso es lo de menos, lo siento en segundo plano. O, mejor dicho, en decimocuarto plano. Porque el primero se lo lleva el pensar que varios platos de comida van a llegar a personas que lo necesitan y el segundo, en que todavía existen quienes creen en estas causas; que creyeron en mi como el vaso comunicante para poder realizarlo, siendo mi esposa Elena fiel ladera en el objetivo de multiplicar esfuerzos. Nada como ir juntos a la par.

Me llevó las boletas selladas en la mano, pero sobre todo me llevó la sensación de que lo aprendido a nivel académico en la Universidad empieza a encontrar su correlato palpable en el mundo que nos rodea y nos interpela. Que el herramental áulico es valioso para intervenir la realidad material y para abordar y convencer a los entornos.


Entrada de la Casa de Socorro en Pavas. (Crédito: Tomás Fonseca)

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