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Zona Crónica

La última oportunidad de Teresa

A Teresa le costó muchos años comprender que nunca debió permitir que la maltrataran y aunque tuvo que replantear su vida se siente agradecida por haber recibido la oportunidad que tanto esperaba.

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Ruth Torres Montero para Digitus CR

Apenas despunta el amanecer, Teresa Grijalba ya está lista para ordeñar las vacas. Con una energía envidiable, se prepara para asumir los retos del nuevo día. Cualquiera diría que su vida ha transcurrido sin prisa, alejada del bullicio de la ciudad y en medio de la belleza exuberante del Caribe. Solo Teresa sabe la realidad que le acompaña y cómo su vida transcurrió tan deprisa.

Hoy, en una humilde casa ubicada en el barrio Betania de Siquirres, luego del ordeño, ella inicia sus labores: depende de sus ideas de negocios para sobrevivir. Está consciente de que sus vecinos la miran con asombro y admiración. El hecho de que a sus 73 años sea una persona que lucha por salir adelante día con día parece sorprender a todos en su barrio.

Nadie creería que hace más de 20 años ninguna persona de la comunidad donde vivía daba un cinco por ella, como dicen popularmente. Mucho menos aquellos que presenciaron el allanamiento que realizó la fuerza pública el 10 de noviembre de 1994. Todos la vieron salir esposada de su casa mientras los chiquillos se le guindaban de las enaguas suplicándole a los policías que no se llevaran a su mamita.

Y es que desde niña a Teresa la vida la ha tratado con dureza. No olvida que con frecuencia tambaleaba cuando se estrellaba contra los puños de su padre y, al estilo del mejor boxeador, intentaba sostener otro round más antes de desplomarse en el suelo.

Su madre le había enseñado muy bien a mantenerse sumisa y en silencio, por lo que nunca aprendió a esquivar los golpes. Lo que sí aprendió muy bien fue a maquillar sus ojos para disimular los tonos negros y morados, estos fueron siempre parte de su paisaje.

Años atrás no se permitía el lujo de dejar caer una sola lágrima, se había acostumbrado a la rutina y no había nada que pudiera hacer para cambiarla. Teresa se convirtió en una niña rebelde y en la primera oportunidad, con apenas 15 años, huyó de su casa con un hombre mayor que ella, ya no quería vivir aprisionada. Ella creía que esa era su salvación y que la vida le iba a cambiar. Se merecía mínimo eso, una oportunidad.

Para cuando fue arrestada Teresa, conocía muy bien la delegación policial pues la visitaba constantemente, aunque en otras condiciones. Al menos una vez a la semana por más de 17 años intentó denunciar a su esposo por sus constantes maltratos, pero los policías le decían que no se podían meter: “Hágase la maje, váyase a la casa, pórtese bien y no lo provoque”.
Dice que su cerebro, para ese momento, ya estaba totalmente estructurado y amoldado al sistema patriarcal. Por ese motivo, esta situación se había convertido en parte de su vida. Un ejemplo de ello es que con solo 25 años ya había sufrido ocho abortos provocados por las palizas que recibía de este hombre. Menciona que prácticamente el hecho de que tres de sus hijos aún siguieran con vida suponía ser un milagro.

De alguna manera, los vecinos se habían amoldado muy bien a la rutina. Al menos una vez a la semana, como un público expectante, los vecinos se paraban al frente de la propiedad a escuchar los gritos y las palizas que recibía. Nunca hicieron nada para ayudarle, aparte de criticar la manera en la que este hombre la explotaba y cómo los niños y ella estaban rodeados de carencias económicas. Teresa los compara con espectadores de los circos romanos: “Parecía que el espectáculo les agradaba y ellos querían ver sangre en la arena; y obvio que tenía que ser la mía”.

La mañana del 3 de diciembre de 1993, a eso de las 10 de la mañana al estilo de una película de terror, bañada en sangre de pies a cabeza, ella debió de ser trasladada al hospital de Limón, luego de que su pareja le propinara una golpiza de tal magnitud que le provocó una serie de fracturas en el rostro. Ingresó en estado delicado al Hospital Tony Facio con el pómulo, la frente y la mandíbula hundidos por los golpes. Sus vecinos se amontonaron por fuera de la vivienda, pero nadie intervino. Solo una vecina que llamó a la policía cuando la vio tirada en el piso y la dio por muerta.

La lentitud de los oficiales para atender el caso dio tiempo suficiente al hombre para huir con su amante, dejando a los niños solos y a Teresa en el hospital.

Con la madurez que solo dan los años y las experiencias vividas, Teresa reconoce que no tomó las mejores decisiones ni antes ni después de lo ocurrido. “Arranqué de cero y me dediqué solo a trabajar, en lo que fuera, hasta en las bananeras. Para terminarla de hacer, acepté empezar una nueva relación sentimental. Eso fue otro gran error”.

Su compañero no trabajaba, esto incrementaba los gastos del hogar y la tensión económica se agudizó. Todos los comercios locales le habían negado el crédito y solo trabajaba unas cuantas horas a la semana, así que buscó apoyo en el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS), pero no hubo respuesta. “Esta vez mis decisiones me llevarían a la cárcel”.

Hubo un tiempo en que Teresa constantemente se sentía cansada y no dejaba de preguntarse porque todo había sido siempre tan difícil en su vida. Por tanto, no le costó escuchar el consejo de su nuera quien insistía en que ya ella ya tenía más de 55 años y no estaba para trabajar tan duro, que vender un poquito de droga le generaría un ingreso económico mayor y más fácilmente. En ese momento pensó que, si su nuera y su hijo mayor se habían dedicado por varios meses al tráfico de drogas y les estaba yendo tan bien, por qué no intentarlo y llevar una vida holgada.

Tomada la decisión Teresa y empezó una nueva rutina a la que le dedicaba unas cuantas horas al día. Cuidadosamente buscaba lugares discretos. Empezó con un poquito de cocaína y un paquete pequeño de marihuana. “Todo se vendió como pan caliente, ellos vinieron, recogieron el dinero y dejaron otro poquito de droga”. Conforme fueron tomando confianza, ya Teresa visitaba el búnker para recoger la droga. El negocio iba como ella esperaba, progresando.
Al principio, Teresa creyó que había alcanzado el cielo con las manos, compró mucha comida y algunas cosas que antes no tenía. Ya no tenía que hacer largas filas en el IMAS para suplicar por una ayuda económica. Ella y sus hijos no pasaban necesidades ni tampoco tenía que medir sus gastos.

Una mañana sin pensarlo, se dio cuenta que no tenía que salir. Los adictos habían regado la bola y empezaron a llegar directo a su casa a comprar. “Yo estaba feliz. Empecé vendiendo 100 gramos a la semana, cuando me di cuenta, estaba vendiendo 200 gramos o un kilo y esto sigue…”. Ahora, se da cuenta que su mala situación económica, la influencia de su hijo, su nuera y su pareja fueron algunos de los factores que la llevaron a realizar la venta directa de drogas, más conocida como “venta al menudeo”.

Viendo las cosas desde otra perspectiva, hoy Grijalba comprende que los mismos vecinos que siempre habían estado pendientes de su desgracia esta vez sí dieron parte a la policía. Es así como luego de varios meses de investigaciones, realizaron el allanamiento a su vivienda y ella fue arrestada y trasladada a las celdas del Poder Judicial en Goicoechea.

Luego de seis meses de prisión preventiva, fue a juicio y recibió una condena de 12 años de prisión por violar la Ley sobre Estupefacientes No. 8204, o sea por tráfico de drogas. “Fue como si me echaran un balde de agua fría. Sentí que el corazón se me salía del pecho, solo pensaba que iba a pasar con mis niños, pero ya no había marcha atrás”. A partir de este momento, el Centro de Atención Institucional Vilma Curling (antiguo Buen Pastor) se convirtió en su nuevo hogar.


“Ahí estaba yo, en la cárcel y sin dinero. Llena de terror escuchaba a las reclusas gritar “Llego barco nuevo, mamita lo que le espera”.

Las lágrimas recorren los surcos de sus mejillas, ahora las marcas indelebles de los años que han pasado se notan en su rostro. Mientras las limpia con el borde del delantal, ella recuerda algunos de los momentos de mayor angustia vividos en presión.

“No es normal que una madre entierre a sus hijos, mucho menos que no se le permita darle el último adiós”.

En agosto de 1996, mientras estaba sentada en una banca del comedor, en la cárcel, fue sorprendida por su compañera que entro gritando asustada y diciendo “Teresita vea las noticias, asesinaron a un guarda de seguridad en el plantel del ICE en Siquirres, parece que la policía está buscando a su hijo”.

Ella cierra los ojos y recuerda que en agosto de 1999, luego de tres años de incertidumbre, Luis Enrique Buitrago Grijalba, su hijo, fue condenado a 42 años de prisión por el homicidio del guarda Emilio Méndez Granados y recluido en el Centro Penitenciario La Reforma, en San Rafael de Alajuela.

“Seis meses después recibí la noticia del fallecimiento repentino de mi madre, no pude ir a su funeral. La mala racha no acabó ahí. Tres meses más tarde, Luis Enrique fue asesinado en el centro penitenciario La Reforma. Por estar recluida, solo fui notificada, no se me permitió ir a ninguno de los funerales”. Teresa siempre se sintió responsable, de alguna manera, por lo ocurrido. “Es una mezcla de sentimientos que no son fáciles de manejar. Con dolor en el alma, siempre acepté que debía pagar mis errores y así lo hice”.


Tomó el rosario y lo besó con fervor. Nunca olvida que siempre esperó una nueva oportunidad, rezó muchas noches por ella. Con la muerte de su madre, sus otros dos hijos quedaron de nuevo solos generándole una gran desesperación por salir de prisión lo antes posible. Por esto decidió unirse a la Orden Franciscana, esto la ayudó a recobrar la fe. A partir de ese día, aprovechó toda oportunidad de realizar cursos y capacitaciones que le ayudaran a enfrentarse a la vida una vez que saliera de prisión.

Teresa tenía muy claro que ni el gobierno ni la gente la iban a ayudar y que muy a pesar de su situación económica no se podía dar el lujo de permitir que nadie influyera de nuevo en sus decisiones. Por primera vez sintió que ese era el momento de hacer las cosas de forma diferente, que esta era la oportunidad que tanto había esperado y eligió sacar el mayor provecho de esta mala experiencia.

Con la mejor de sus caras, hoy se sienta en el corredor, deja escapar una sonrisa de satisfacción ya que no puede evitar traer a su memoria el hecho de que estas nuevas decisiones y su buen comportamiento fueron cruciales para que el juez decidiera reducir su condena de doce a siete años.

“La condena legal y judicial se enfrentan, pero la condena de la sociedad suele ser más cruel y difícil de aceptar”. Ella reconoce que volvió a su casa marcada por el estigma social.

“Difícilmente las personas puedan comprender qué lo llevó a uno a estar ahí. Luego uno pierde todo lo que tenía. Además, la familia, los amigos y los vecinos suelen apuntarnos con su dedo acusador, todos están allí señalándonos y diciendo: “Yo no tenía por qué ir a verte” Yo no te mandé ahí”, o “Yo no me beneficié con lo que usted hizo”, “Solo vergüenza nos ha traído”.

Ella pasó seis años y ocho meses en prisión, nunca nadie le preguntó qué la llevó a estar allí, nadie la felicito por su esfuerzo y por lograr salir adelante, tampoco le ofrecieron un empleo, ni pusieron un plato de comida en su mesa.

En esta ocasión Teresa se esforzó más. “Si de algo estoy segura es de no querer volver a la cárcel nunca más. Esta es probablemente mi última oportunidad”.

Actualmente le pone más atención a cada detalle en su entorno, valora cada cosa que Dios le da. Ahora le entra a cualquier emprendimiento, algunas veces la venta de ropa, pollos de engorde, cerdos, tamales o cualquier otra ocurrencia que le permita generar el dinero suficiente para mantenerse y cubrir los gastos básicos.

Grijalba aún está preocupada porque la sociedad no termina de comprender el peso que implica para mujeres como ella la violencia, la pobreza y la presión familiar en la toma de estas malas decisiones. No es ajena a que esta también es la realidad de muchas otras mujeres, ya que, según datos del Ministerio de Justicia y Paz, al día 5 de julio del 2021, hay 532 mujeres privadas de libertad y de ellas, 201 están privadas de libertad por delitos asociados a la Infracción a la Ley de Psicotrópicos.

Sumado a ello, según el Instituo Nacional de las Muejeres (INAMU), más de la mitad de las mujeres que están privadas de libertad tienen varios factores en común: son jefas de hogar, viven en pobreza y su delito está vinculado con el tráfico de drogas, antecedentes similares o iguales a los de Grijalba. “Cuánto dolor se evitaría si la gente fuera más solidaria y el gobierno hiciera un esfuerzo de verdad por ayudar más a las mujeres, las cosas podrían ser muy diferentes”.

A Teresa le costó muchos años comprender que nunca debió permitir que la maltrataran y, aunque tuvo que replantear su vida, se siente agradecida por haber recibido la oportunidad que tanto esperaba.

La tarde está soleada y el corredor se convierte en el escenario perfecto para disfrutar del café. Uno de sus vecinos llega sin avisar, le lleva algunas frutas como obsequio. Últimamente los vecinos están muy pendientes de sus necesidades.

Teresa, sonríe triunfadora y mira al cielo con sus ojos llenos de esperanza mientras termina su merecida taza de café.

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