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Zona Crónica

“El COVID me hizo más puta de lo que soy”

Pobreza condena a muchas mujeres a la prostitución. La pandemia del también ha golpeado a este “negocio” y a las asociaciones de apoyo.

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Por Andrea Castro Ruiz

De pie, ahí está Chelsea o “La Repe”, como se hace llamar, terminando de inhalar el polvo que esconde en una pequeña bolsa blanca que guarda en su cartera gris y con esquinas gastadas. No se logra identificar marca alguna.

“Hágase para atrás china, no vaya a ser y me espante los clientes, guarde esa libreta que parece que me va a hacer una infracción. No me juzgue por mi medicina, es lo único que me permite estar en pie la noche entera”, dice mientras limpiaba su nariz.

Con unas botas negras, altas, que parecen de charol y rebasan sus rodillas, una minifalda roja que porta como si fuera un adorno…  no hay nada que quede a la imaginación.

Su top de encaje negro hace juego con el hilo dental que exhibe esta mujer transexual, dedicada a la prostitución, en una esquina oscura de Plaza Víquez en San José; es lo que más destaca la tenue luz que emite el poste eléctrico situado a media cuadra de esa esquina.

No luce sencillo portar esa vestimenta en una noche fría a las 8 y media, cuando recién a las 5 de la tarde paró de llover. Parece no haber más opciones para quien –con temor- se niega a dar su nombre de pila y dice ser quien quiera ser y llamarse según el día y el lugar donde esté. Además, no cuenta su edad, pero por las pocas arrugas que enmarcan sus ojos marrones y pestañas postizas, no puede tener más de 30.

“A nadie nunca le he interesado yo, mucho menos mi nombre”, expresa con ironía, esta comerciante del sexo; mientras un taxi pasa, baja la velocidad y no disimula al voltear por completa su cabeza el chofer calvo y con camisa blanca que intercambia miradas, besos y hasta un “mi amor” con Chelsea.

No deja de tener razón al hablar del interés hacía ella u otras, quienes se dediquen a la llamada profesión más antigua del mundo. Basta revisar la prensa, que si bien expone la miseria y la creciente brecha de desigualdad en la población, se enfoca poco en la realidad y derechos de este sector.

El Instituto Nacional de Estadística Censos (INEC) no posee datos sobre de la población que se dedica al comercio sexual, mucho menos aporta datos de cuántos, al igual que “La Repe”, pertenecen a la comunidad LGBTQI+.

La razón por la cual no hay datos es porque son incontables; porque no solo se cuentan las mujeres de prostíbulos o casas de masajes, sino aquellas que están en las calles o lo hacen directamente en sus casas, así lo expresa Nubia Ordoñez, trabajadora sexual, presidenta y coordinadora de la Asociación La Sala, una organización que lucha por los derechos de las mujeres dedicadas a dicha labor.

No obstante, la Asociación La Sala ha ayudado y contabilizado un total de 5.800 mujeres trabajoras sexuales.

Si acaso han transcurrido 10 minutos, con el corazón acelerado y cuestionándome si el estar ahí es lo correcto, mi mirada no se aparta de esa mujer ahí de pie, como un centinela, mirando de lado, con su mano derecha acomodando su cabello tan brillante y que le llega a sus caderas. En la escena se vislumbra una cuadra más hacia el norte dos compañeras más de oficio.

Me animé a preguntarle de dónde eran, qué la había llevado a dedicarse a eso, hace cuánto lo hacía.

En ese momento el centinela se fue y llegó alguien triste; agachó su cabeza y con vos baja, reflexiva, tratando de evadir cualquier mirada y con la espalda un poco encorvada, Chelsea contó que era originaria de San José, que lleva 6 años de dedicarse a esto y lo que la introdujo a esta vida fue el matrato y los abusos que vivió desde niña, no poder estudiar y sobretodo, el hambre y la pobreza.

Curiosamente, los motivos que sustentan su realidad en el 2021, son los mismos o similares por los cuáles en la década de los 40 las mujeres se dedicaban a la prostitución, según narra  Jose Amador Guevara, en su estudio “Síntesis de la Lucha Antivenerea en Costa Rica”, en el que indica que el 33% de las mujeres lo hacía por ignorancia, el 14% por descuido e indiferencia en el hogar y el 22% por pobreza.

Hoy pocos retratan la realidad de estas mujeres, las cuales en gran porcentaje pertenecen al 26,2% de hogares porbres que reportó INEC para junio del 2020.

A las 8:52 de la noche han pasado varios carros, prácticamente todos miran, unos con burla, otros con morbo. La noche “está mala” dice “La Repe”, tal vez no hay clientes o la presencia de alguien, en apariencia, distinto aleja a los clientes.

Chelsea se emociona, da dos chasquillos con su dedos, cuando se aproxima lentamente un carro Hyundai Elantra color Gris, con vidrios polarizados; está convencida que es un cliente, y aunque estaciona unos metros más adelante, se logra entrever un hombre con abrigo negro, contextura gruesa y un bigote.

“Deme cinco minutos y regreso”, gritó abriendo la puerta del acompañante. El carro siguió y estacionó un poco más adelante, pero aún se podía ver. No pasaba nadie, excepto a los tres minutos, un indigente alcoholizado, pidiendo monedas. Los cinco minutos, se convirtieron en siete muy eternos para mí, de alegría para quien se bajó del carro con una sonrisa, acomodándose la diminuta falda.

La pandemia la ha hecho bajar sus precios. Cobra 6.000 colones por el “oral” por el que antes cobraba 8.000. Ahora viendo de frente, con la cabeza inclinada a la izquierda, el labial un poco corrido y el pelo un poco alborotado, lamenta haber perdido dos amigas de oficio por el COVID-19. Además muchos de sus clientes se han quedado sin trabajo y tienen que mantener a hijos y esposas. Volviendo a agachar la mirada y moviendo los hombros de arriba hacia abajo, no le queda más que aceptar lo que venga, aunque se ponga en riesgo, puesto que no tiene seguro social que la ampare y le permita ir a un médico.

Según Ordoñez, antes de la crisis sanitaria, Asociación La Sala brindaba talleres de empoderamiento, psicología y campañas para brindar exámenes de papanicolau, pero ya van por el segundo año donde se acabaron los recursos económicos para seguir brindando este apoyo.

En marzo del 2021, El País de España publicó el caso de una mujer a la cual el Tribunal Superior de Justicia de Madrid le aprobó el pago de sus prestaciones por haber laborado durante 10 años en un establecimiento donde se dedicó a brindar servicios sexuales, marcando un precedente y posicionándose como referente para muchas naciones.

En Costa Rica, en el 2014, la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) anunció que la Junta Directiva dio pie para que los trabajadores sexuales se asegurasen como trabajadores independientes, en la categoría de servicios de entretenimiento.

A las 9:04, estar ahí cada vez es más adverso, la temperatura parece haber descendido; el entorno es más lúgubre y pasaron tres personas más en estado de indigencia y consumiendo drogas. Hay un poco más de comprensión, confianza, tanto como para que “La Repe” cruce su pierna izquierda por encima de la derecha, lleve su gastada cartera al pecho, la abra y lentamente vuelva a sacar la bolsa con el polvo blanco que la mantiene en pie, pero esta vez sus ojos se tornan acuosos, con el gesto y el senblante cansado:

“El COVID me hizo ser más puta de lo que soy, no hay amor, china, los hombres traicionan, el gobierno te olvida. Esto lo único que sé hacer; esta vara es mi condena”. Inahala con su parte derecha de la nariz, se limpia, cierra la cartera, inahala con la parte izquierda de la nariz.

Recién a las 5 de la mañana se irá a su casa, para al otro día volver al ciclo. Mañana será en “Guada” (Guadalupe) para poder comer, para poder vivir.

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