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A Título Personal

¿Carita de tugurio?

La cotidianidad de la población costarricense se vio interrumpida desde el mes de marzo del 2020, cuando la Presidencia de la República anunció que teníamos el primer caso de COVID 19. A partir de ese momento la dinámica cambió, ya que el país debió enfrentar más que una crisis sanitaria. 

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Por: Ruth Torres Montero

La cotidianidad de la población costarricense se vio interrumpida desde el mes de marzo del 2020, cuando la Presidencia de la República anunció que teníamos el primer caso de COVID 19. A partir de ese momento la dinámica cambió ya que el país debió enfrentar más que una crisis sanitaria. 

A los pocos meses de haberse declarado la Pandemia, la reducción de las jornadas laborales, los despidos y el cierre de decenas de empresas que no lograron adaptar sus operaciones a la nueva realidad, provocó que se generara una crisis económica.

Se ha preguntado alguna vez ¿Cómo muchos han logrado sobrevivir en medio de la pandemia? ¿Qué hicieron para llevar comida a sus mesas? y ¿a qué precio?

La economía en decadencia de cientos de familias costarricenses tocó también su estómago, afectando de manera más directa a la población infantil. Era obvio que los efectos nocivos de esta pandemia no se distribuirán equitativamente.

Es lamentable, pero las graves consecuencias de la pandemia en los ingresos de las familias provocaron que muchas de estas, al no contar con ningún apoyo recurrieran al trabajo infantil. Con ironía muchos miraron y se hicieron de la vista gorda, tal vez aplicaron aquel viejo refrán que reza:

«Primero mis dientes, después mis parientes”. 

La realidad es que esta población quedó invisibilizada en medio de la crisis ¿Cuál fue la causa? Algunos expertos apuntan a la ausencia de políticas públicas y a la burocracia que media para la debida aplicación de las políticas ya existentes. Esto ha generado que gran parte de los niños, niñas y adolescentes hoy estén trabajando en estrategias de sobrevivencia familiar y muchos de ellos en condiciones denigrantes. 

Lo cierto es que todo se prestó, la crisis sanitaria fue caldo de cultivo para enviar ejércitos completos de niños a la casa, la brecha digital fue clave para sacar a miles del sistema educativo. La ausencia de protocolos diferenciados capaces de garantizar la educación en zonas rurales y territorios indígenas y asegurar el retorno a la presencialidad también están cobrando su cuota. 

A diario, se puede ver niños vendiendo flores o algún tipo de golosina allá por la República en la Ruta 32; otros pidiendo por las calles, trabajando en un taller mecánico o en una construcción; niñas cuidando niños, haciendo labores domésticas o acompañando ancianos cuando deberían estar en las escuelas o conectados a sus clases. Pero su realidad es otra, necesitan ganarse unos cuantos colones y llevar algo a sus casas.

Es molesta la forma en la que muchos los miran y comentan sobre el futuro maleante que tienen ante sí, otros se ríen y los llaman “Carita de tugurio”. La mayoría los mira por encima del hombro con desdén, sin tomarse unos minutos para pensar en las consecuencias que se avecinan sobre esta “La generación del COVID”.

El estado debe garantizar el acceso a la educación de todos los niños, niñas y
adolescentes. Fotografía tomada de Defensa de Niñas y Niños Internacional – DNI Costa Rica

Este podría ser el escenario que tenga ante sus ojos y no darse cuenta ¿Por qué? Se normalizó, o acaso ¿se hizo parte del paisaje cotidiano para una sociedad inmersa en otros temas que considera más importantes? o ¿podría ser que a usted no le interesa involucrarse, porque considera que este no es su problema?

¿Acaso la doble moral de una sociedad mayormente religiosa y que nos habla del amor al prójimo es una de las causas de esa inacción? Y ¿Qué opina usted estimado lector?

Todo apunta a que aún muchas instituciones y organizaciones (e incluso la sociedad civil) no han tomado en cuenta el efecto emocional que ha tenido este distanciamiento social para ellos: la ausencia de un lugar seguro donde interactuar con niños de su misma edad. A partir de este punto pregúntese ¿Dónde quedan sus etapas de desarrollo personal y el vínculo que deben generar en sus relaciones interpersonales en las escuelas?  y ¿Qué hay con la construcción de su identidad? 

La realidad es que la pandemia ha generado otra crisis que no se visibiliza y esta se llama “Trabajo Infantil”. Los niños, niñas y adolescentes están pagando un alto precio ya que de manera acelerada las consecuencias de esta pandemia los envisten. Y quien crea que esa no es la realidad del país está equivocado. 

En Costa Rica, el trabajo infantil se concentra principalmente en las zonas costeras, las cuales también, tienen una mayor vulnerabilidad social y económica como lo son Limón, Puntarenas y Guanacaste. Costa Rica tiene una vulnerabilidad al trabajo infantil a escala nacional de 27 puntos en promedio, de un total de 100.

Esas “Caritas de tugurio”, que se ven a diario en las calles siguen en aumento, se calcula en 2019, 386 millones de niños se encontraban en situación de pobreza extrema a nivel mundial. Entre el 2020 y 2021, se sumó la cifra que supera los 60 millones de niños cuyas familias cayeron en el rango de pobreza extrema como resultado de la pandemia y esto definitivamente los hace más vulnerables al trabajo infantil.

Y usted se ha preguntado ¿Cómo afecta esto a la sociedad como un colectivo? ¿Qué acciones debe tomar el estado para asegurar un crecimiento digno a esta población? 

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