Connect with us

Día a día

Sobrevivientes y médicos aun buscan la paz tras enfrentar al coronavirus

Published

on

Por Daniela Valerín

Dos años y medio después de anunciar el primer caso de Covid-19, los costarricenses continúan acomodándose a la nueva normalidad, con menos restricciones, pero las secuelas del virus siguen afectando a muchos desde diferentes frentes: en la salud, en lo emocional y en lo laboral.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), algunas de las secuelas a nivel de salud han sido fatiga, disnea y disfunción cognitiva, por ejemplo, confusión, pérdida de memoria o falta de concentración y claridad mental.

Pero la salud mental ha sido una de las grandes afectadas debido a la pandemia, pues no solo afectó a las personas contagiadas. La revista británica The Lancet señaló que, a nivel mundial, los trastornos depresivos aumentaron en un 35% y los de ansiedad en un 36%, durante el año 2020.

El personal médico ha tenido, igualmente, consecuencias a nivel de salud mental, fatiga y, estrés por todos los escenarios vistos en los centros de salud, además de casos desafortunados donde fallecieron colaboradores.

A la fecha, casi 9000 personas han perdido la vida por el coronavirus en nuestro país, más de un millón de personas se han contagiado, pero, afortunadamente, las campañas de vacunación lograron inocular a más de 4 millones en el país.

Sin embargo, estas estadísticas no podrán apaciguar el dolor de las pérdidas, ni la ansiedad y estrés vivido. Solo aquellos que enfrentaron la muerte o la vieron pasar, saben lo que significa volver a casa, lo que es vivir un día más.

El virus podía tomar desprevenido a cualquiera, pero las autoridades de Salud a nivel local e internacionales confirmaron que había patologías que constituían facturas de riesgo entre ellas, la hipertensión arterial, diabetes, enfermedades respiratorias crónicas, obesidad grado 3 y obesidad mórbida, entre otros.

Y entre pacientes y cuerpo médico se mezclaron luchas distintas, pero con consecuencias similares: unos por vivir, otros por no caer al borde de la inestabilidad emocional y cansancio.

Pendiendo de un hilo

En junio del 2021, Esteban Porras, un mecánico automotriz de 43 años, comenzó con una gripe “normal”. Él fue mui cuidadoso desde que comenzó la pandemia, especialmente porque vivía con sus padres.

Pero al ver que el cuadro empeoraba, se hizo la prueba de Covid-19 y el resultado fue positivo. Durante las dos semanas siguientes de aislamiento, su caso fue empeorando; no tenía apetito y perdió 14 kilogramos de peso.

Sin ninguna otra opción, fue al EBAIS y ahí le dieron la noticia de que sería trasladado al hospital San Juan de Dios. En ese momento, pensó lo peor.

En el primer día internado, frente a su camilla, estaba un señor mayor, entubado y  también luchando por su vida. Tres horas más tarde, ingresaron cuatro enfermeros a darle primeros auxilios, pero el paciente no sobrevivió.

“Fue impactante, ver cómo trataron de salvarlo y no pudieron; ver la camilla con una bolsa plástica donde metieron al señor”, dijo Porras.

Sin perder el tiempo

Viviana Mora, vecina de Hatillo, tenía uno de los factores de riesgo y también se contagió. Pero su lucha fue mucho más difícil, pues antes de contagiarse vio partir a tres familiares por la enfermedad, incluido a su hermano, de quien no pudo despedirse.

En su caso, el cansancio y la temperatura le pasaron la factura. Un viernes tuvo que ir a la clínica, pues la calentura no bajaba y era necesario confirmar si tenía el virus o no.  El resultado fue positivo, y al pasar de unos días, la tos, deshidratación y el no poder respirar bien, la obligaron a ser trasladada, a medianoche, al Hospital San Juan de Dios.

En medio del sonido de las máquinas, era difícil dormir, pero su fe le dio la fuerza para no rendirse, aun con infección en los pulmones y a punto de una embolia. Estuvo casi un mes en el hospital. Aun así, el día de su salida llegó, aun cuando las pruebas de oxigenación se complicaron.

Sin embargo, su lucha no acabó ahí. Las secuelas del virus siguen ahí: tos, ahogo, ansiedad, vértigo, debilidad, pérdida de menstruación e, inclusive, una mancha en el pulmón la cual aún está siendo tratada por un médico internista en el hospital.

A pesar de estar metido en una habitación con desconocidos, el ambiente fue llevadero, a pesar del miedo y el dolor, pues el personal médico estuvo atento todo el tiempo para asistirlo él y a los demás lo mejor posible.

Diez días más tarde, Porras recibió su segunda oportunidad de vida: le anunciaron su salida, sano y estable, listo para ver a sus padres de nuevo. Ahora, un año después, Porras regresó a su rutina, puede respirar bien sin agitarse, su apetito se normalizó, pero el tiempo pasado en el hospital, quedará marcado en sus recuerdos, así como las amistades que se formaron en esa sala de hospital.

Poca humanidad, sin descanso

No solo de los pacientes lucharon por sobrevivir. El cuerpo médico también tuvo que esforzarse y sacrificarse por mantener el barco a flote a pesar del desconocimiento que se tenía sobre el virus en su momento.

“La dificultad más grande en el proceso de la pandemia fue ver que las personas no respondieran a los ruegos del cuido y que eso se tradujera muchas veces en un número increíblemente alto de pacientes graves; ver pasar el montón de camillas hacia la morgue”, comentó el doctor Álvaro Avilés, jefe de infectología del Hospital México.

Mas allá de intentar hacer conciencia y mantener el orden para seguir los protocolos básicos de seguridad contra el virus, el personal en el hospital estaba cansado, malhumorado, confrontativo, especialmente cuando se tenían que tomar decisiones no agradables, comentó el médico.

La emergencia nacional llevó al país a preparar los centros de salud para aumentar capacidad con el equipo correspondiente para los pacientes de Covid-19, y uno de esos centros fue el Hospital Nacional Psiquiátrico Manuel Antonio Chapuí y Torres.

La salud mental siempre ha sido una prioridad en el centro médico y durante la pandemia no fue la excepción. La iniciativa comenzó con un programa de salud mental en conjunto con terapia ocupacional, psicología, promoción de la salud, tanto para pacientes como para colaboradores.

Además, se contrató una enfermera especializada en el tema, quien entraba al área roja, hablaba con los paciente les permitía estar en contacto con familiares gracias a un Tablet y un teléfono inteligente, explicó Shirley Fallas, subdirectora clínica de enfermería.

Actualmente, solo queda uno de los cuatro módulos se abrieron para tratar el Covid-19.

Sin embargo, así como el Hospital Nacional Psiquiátrico ha vuelvo a sus “tareas normales”, médicos, pacientes y sobrevivientes aún siguen enfrentándose al virus, aunque ya el Covid no esté en sus cuerpos y vaya “de salida”.

© 2021 DigitusCR es un proyecto del Laboratorio de Innovación y Producción Periodística de la Facultad de Comunicación de la Universidad Federada San Judas Tadeo. Todos los derechos reservados.